El Sumo Arquitecto.


el
hecho
básico
que interesa
constatar
es que
efectivamente
una ingente
cantidad
de

salió expelida salvajemente en todas direcciones, como una horda irrumpiendo en un hipermercado a la caza y captura de promociones milagrosas. Aún a pesar de tanta faramalla sobre la inflación y otros fenómenos galopantes, toda esa materia continuó su expansión durante millones de siglos a todo lo largo de la Meganada debido a la inercia de la explosión inicial. Todos los científicos han convenido en llamar a ese fenómeno big-bang, como si se tratara de una orquesta de jazz. (¿Y quizás no se trató de algo similar? ¿Acaso no todos los instrumentos de una orquesta de jazz tocan simultáneamente, en funciones de acompañamiento o solista, entremezclando sextas, primeras y terceras, negras y blancas, resonancias y disonancias, puntos y contrapuntos, cambiando caóticamente de escala en cualquier compás, en suma compenetración o inesperadamente, según se de el caso?) Pues bien, de forma más bien ardua se podría encontrar alguna similitud.

Enigmas aparte, unos millones de años después de la gran explosión, los ánimos se habían enfriado bastante. Todos los antiguos habitantes de la Micronada (ahora obligados por la Ley del Sistema Periódico de Elementos a casarse, cuando menos para formar un átomo de hidrógeno) campaban a sus anchas por los vastos abismos helados. Era un jueves de abril bastante normal: soleado y aburrido. El hombre del tiempo acababa de vaticinar borrascas para aquel mismísimo fin de semana. El clima iba a ser por lo general desapacible, registrándose lluvias y radiaciones cósmicas en el cuadrante noroeste del universo. Nada más enterarse de la noticia, el Sumo Arquitecto D&8$ se sintió fastidiado. Ese fin de semana había planeado un picnic campestre muy a pesar de lo molestas que suelen resultar las hormigas en esas ocasiones. El Sumo Arquitecto gozaba lo indecible con aquéllos banquetes pantagruélicos, totalmente ficticios, durante los cuales se veía a si mismo disfrutando de cuestiones que existían únicamente en su imaginación; cosas tales como el queso en crema, la mermelada de albaricoque, el jamón de jabugo, las cestas de mimbre, los manteles a cuadros, el trinar de los gorriones, el suave arrullo de los arroyos, las nubes en el cielo azul, las caquitas de vaca y la posibilidad de trabar amistad con alguna señorita de regreso a casa en un tren abarrotado hasta el paroxismo. Desgraciadamente, todos aquellos planes se verían postergados porque si la climatología no acompañaba tendría que quedarse en casa de forma inevitable. Pero ni tan siquiera esto conseguía desanimar al Sumo Arquitecto. Era un prot-on enérgico y rollizo, con una carga eléctrica positiva superior a la media normal. También sus quarks, en especial el del encanto, se hallaban tremendamente desarrollados.

De forma rápida y eficaz, D&8$ trazó un anti plan por si se cumplían las predicciones metereológicas para el fin de semana. Él aún no lo sabía, pero acababa de tener una excelente idea. La perspectiva de crear un planeta totalmente aclimatado se iba configurando en su mente como una buena alternativa para el week-end Los rasgos de aquel mundo perfecto salían atropelladamente de su mente enfebrecida. No había lugar a dudas: iba a crear un paraíso terrenal, un santuario dedicado al dolce far mente que no soportaría las cargas tributarias de la sanidad pública porque la enfermedad sencillamente no existiría. Y lo que era más importante: también sería un mundo sin hormigas. Se cumplía así un largo proceso de imbricación de ideas, ya que D&8$ había definido conceptos tales como la piorrea, las declaraciones de renta positivas y los misiles balísticos intercontinentales antes de hallar un marco adecuado donde aplicarlos, por lo que muchos de los otros arquitectos, en especial su principal competidor, D3M0N, le habían tildado de comenzar siempre las casas por el tejado.

Como efectivamente el mismísimo viernes a las siete comenzó a hacer un tiempo de perros, el Sumo Arquitecto puso manos a la obra. Inicialmente hizo un esbozo sobre el papel de como debía ser aquél mundo ideal. El primer intento fue en base a una estructura pentagonal, que desechó inmediatamente porque resultaba limitado y aburrido. Trató después de dotarlo de un formato original y pergeñó rápidamente los planos de un objeto de forma berenjenoide, idea que hubo de abandonar puesto que los habitantes de su mundo, que los habría en un futuro no muy lejano, podían llegar a comerse el planeta si tenían la desgracia de entrar en una fase de precarízación del mercado laboral con grandes dosis de competitividad y dumping social. Sucesivamente intentó emular objetos de formas reconocibles para el diseño del mundo, pero uno tras otro, todos los proyectos parecían tener algún defecto.

Era preciso hallar el formato idóneo. Fastidiado, pues se veía obstaculizado en la misma génesis del proyecto, D&8$ se puso a meditar al calor del hogar. Había un sinfín de maneras de crear un mundo. Se podía concebir bajo formas que ya existían dentro de su protónica imaginación: pluma estilográfica, peineta, alfiler para hacer punto, biberón o gaseoducto, pero el Sumo Arquitecto no hacía más que hallar fisuras en todas ellas. Era realmente penoso que por una simple cuestión de forma no pudiese llevar adelante su proyecto. Tenía ideas muy concretas de cómo iba a ser la vida en aquél orbe perfecto, pero no de su morfología básica. Como ocurre con todos los creadores, intentó la treta de la osmosis, de convocar la Musa Salvadora o la casualidad afortunada. Para provocar dicho efecto se dirigió rodando sobre sus corrientes electromagnéticas hacia la cocina.

Él aún no lo sabía, pero acababa de tener una excelente idea. La perspectiva de crear un planeta totalmente aclimatado se iba configurando en su mente como una buena alternativa para el week-end Los rasgos de aquel mundo perfecto salían atropelladamente de su mente enfebrecida. No había lugar a dudas: iba a crear un paraíso terrenal, un santuario dedicado al dolce far niente que no soportaría las cargas tributarias de la sanidad pública porque la enfermedad sencillamente no existiría. Y lo que era más importante: también sería un mundo sin hormigas. Se cumplía así un largo proceso de imbricación de ideas, ya que D&8$ había definido conceptos tales como la piorrea, las declaraciones de renta positivas y los misiles balísticos intercontinentales antes de hallar un marco adecuado donde aplicarlos, por lo que muchos de los otros arquitectos, en especial su principal competidor, D3M0N, le habían tildado de comenzar siempre las casas por el tejado.

Como efectivamente el mismísimo viernes a las siete comenzó a hacer un tiempo de perros, el Sumo Arquitecto puso manos a la obra. Inicialmente hizo un esbozo sobre el papel de como debía ser aquél mundo ideal. £1 primer intento fue en base a una estructura pentagonal, que desechó inmediatamente porque resultaba limitado y aburrido. Trató después de dotarlo de un formato original y pergeñó rápidamente los planos de un objeto de forma berenjenoide, idea que hubo de abandonar puesto que los habitantes de su mundo, que los habría en un futuro no muy lejano, podían llegar a comerse el planeta si tenían la desgracia de entrar en una fase de precarización del mercado laboral con grandes dosis de competitividad y dumping social. Sucesivamente intentó emular objetos de formas reconocibles para el diseño del mundo, pero uno tras otro, todos los proyectos parecían tener algún defecto.

Era preciso hallar el formato idóneo. Fastidiado, pues se veía obstaculizado en la misma génesis del proyecto, D&8$ se puso a meditar al calor del hogar. Había un sinfín de maneras de crear un mundo. Se podía concebir bajo formas que ya existían dentro de su protónica imaginación: pluma estilográfica, peineta, alfiler para hacer punto, biberón o gaseoducto, pero el Sumo Arquitecto no hacía más que hallar fisuras en todas ellas. Era realmente penoso que por una simple cuestión de forma no pudiese llevar adelante su proyecto. Tenía ideas muy concretas de cómo iba a ser la vida en aquél orbe perfecto, pero no de su morfología básica. Como ocurre con todos los creadores, intentó la treta de la osmosis, de convocar la Musa Salvadora o la casualidad afortunada. Para provocar dicho efecto se dirigió rodando sobre sus corrientes electromagnéticas hacia la cocina, donde se sirvió una copa de ponche. Esperaba que sus quarks se iluminaran de un momento a otro. Sin embargo la bebida no parecía ser una ayuda eficaz contra la falta de inspiración. Una vez apurado el brebaje, su cabeza continuaba como al principio: es decir, vacía. Y para empeorar las cosas, el ponche se le había subido a la cabeza. Echado en posición supina sobre un oso despellejado que hacía las veces de alfombra de su living-room, D&8$ continuaba dándole vueltas al maldito asunto. ¿Una pescadilla con restaurante, centro comercial, piscina y guardería? ¿Acaso un mundo de dibujos animados, completamente plano, idílico y perfecto? ¿Y por qué no un pegote de plastilina, un planeta absolutamente glutinoso donde la felicidad y el éxtasis se diluyeran en el bendito emplasto ambiental? El Sumo Arquitecto fue sumiéndose paulatinamente en un profundo sopor. Una vez en el universo inconsciente, sus estímulos eléctricos entraron en una fase de recalentamiento, tramando en sus quarks ideas uniformes sobre el modelo de mundo que debía crear. A nadie se le había ocurrido hasta entonces pero, tal como hubo de reconocer oníricamente consigo mismo, la forma completamente esférica parecía ser la más indicada. Como por arte de magia, el Sumo Arquitecto despertó de su sueño con todos sus quarks altos dispuestos a trabajar, lo que se traducía en un estado mental diáfano y clarividente.

Sin más dilación, pues, se dirigió hacia su despacho y llamó por univérstono a su cuadrilla especial de p-ones de obra. Seguidamente se puso en contacto con su capataz, al que ordenó reunir un conglomerado de quince mil quintillones de p-ones para llevar a cabo la fase inicial de su proyecto. Una vez dadas las instrucciones de rigor, y mientras su capataz se ponía en contacto universtónico con todos y cada uno de los p-ones, el Sumo Arquitecto D&8$ comenzó a trazar las líneas maestras de aquél mundo ideal, alumbrado tras una esclarecedora siesta sobre su piel de oso. D&8$ se sentía satisfecho, y su mano esbozaba sin pausa, como impulsada por los quarks de la magia universal, todos los trazos y esferas de aquél que iba a ser su mundo. Antes de las diez del domingo ya había finalizado su labor. Ahora tan sólo cabía esperar la llamada de su capataz anunciándole la definitiva reunión de todas las cuadrillas de p-ones. Satisfecho, D&8$ se echó a descansar un ratito, pensando en los detalles básicos que debía tener en cuenta antes de ponerse manos a la obra. Era necesario depositar sobre la superficie de aquel mundo algún tipo de criatura, a ser posible, la más compleja de todas cuantas hubieran creado los ones. El Sumo Arquitecto estaba comenzando a estar harto de que todos los premios concedidos en el campo de la creación de seres vivos o animados fuesen a parar a manos de D3M0N, un lept-on jactancioso que le caía francamente mal.

Es necesario aclarar que los ones nunca habían destacado especialmente por lo que respecta a la originalidad de sus estructuras. Aunque ellos mismos se utilizaban como materia prima para la construcción de los más diversos proyectos, realizados en los extensos solares de lo que antiguamente se conoció como la Meganada, la gran mayor parte de las agrupaciones se realizaban por puro y simple interés, sin orden ni concierto, sin buscar en ningún momento la arista estética o moral. Ni siquiera tenían un matiz práctico. Por todo ello, los Arquitectos váyanse ido convirtiendo en individuos cada vez más influyentes. Misión suya era concebir estructuras nuevas y dar a los ones una orientación a sus prácticamente inmortales vidas. Los Sumos Arquitectos se configuraban día a día como Rectores Morales de la gran nación material, en portavoces del Magno Creador de todos los ones. Muchos de ellos no podían resistir la tentación de referirse a Él. Ponían en sus labios sentencias morales que venían a incidir en un mismo punto: la necesidad de dedicar sus existencias a algo más que no fuera recrearse sin ningún objeto en las honduras glaciares de la Nada. En esencia, éste era un credo esencialmente protónico, aunque acabaría universalizándose con el paso de los milenios. Los lept-ones, por su lado, fueron siempre esencialmente agnósticos y aprendieron con el tiempo a interponer cierto escepticismo empírico ante el dogma ciego de la fe protónica. El discurso religioso no parecía haber sido fabricado para las pequeñas gargantas de los electr, que durante la historia del Cosmos se distinguieron más como relaciones públicas, comerciantes o políticos. Los electr-ones, a sabiendas de que sin su concurso ningún plan era factible en la nación material, pululaban por las esferas del poder oficial prot ejercitándose en el auténtico y genuino poder: el que se cuece en la trastienda. El destino de mejill-ones, boquer-ones, macarr-ones y todas las demás facciones minoritarias había sido muy variado, pero unos y otros eran venerados por su decisiva participación en el Big-Bang, hecho histórico que les estaba saliendo muy rentable, en especial a los saxofonistas Joel y Hardy.

La cohesión parecía presidir a grandes rasgos los esfuerzos de los ones a la hora de fijarse un objetivo básico: evitar a toda costa que todos y cada uno de ellos acabase siendo una isla en medio del inmenso abismo. Por todo ello, los mandatarios electr, prot, mejill y boquer no se cansaban de sugerir una y otra vez a los neutr-ones que dedicasen sus vidas a alguna labor productiva, digna del Magno Creador. Lamentablemente, los retozones neutr hacían caso omiso a tales recomendaciones y proseguían empecinadamente fieles a la tradición radical nadista, propugnada en los lejanos tiempos de la Micronada, Para el resto de los grupos se trataba sólo de una excusa como cualquier otra para no dar golpe. Todos los neutr se hallaban reunidos en una estructura de ochocientos mil millones de años luz de largo, por treinta de ancho, conformando una especie de churro en espiral que a duras penas cumplimentaba las leyes gubernamentales sobre asociaciones y edificaciones. Contrariamente, la única función que semejante engendro parecía desempeñar no era otra que dificultar el libre tránsito de ones de un lado a otro del Cosmos. Así de caótica era la situación cuando D&8$ recibió la llamada de su capataz. Era la mañana de un lunes, unos trescientos cincuenta mil siglos después.

La construcción del planeta no supuso mayor problema. El Sumo Arquitecto D&8$, aupado sobre una plataforma elaborada por más de cinco mil ones, dirigía cuadrilla por cuadrilla a todos sus trabajadores-materia para que gradualmente fuesen consolidando el armazón del planeta. El Sumo Arquitecto dispuso una cantidad ingente de electr-ones, junto con otra no menos considerable de prot-ones, lept-ones, mejill-ones y boquer-ones para que entre todos, asociándose en diferentes tipos de átomos, fuesen dando lugar a la formación de moléculas que, unidas a otras de distintas características, dieran a su vez definitiva forma al núcleo del planeta. La maniobra no estuvo exenta de problemas. El principal inconveniente surgió cuando el capataz Y4V3H dejó constancia de la ausencia absoluta de neutr-ones, sin los cuales resultaba prácticamente imposible crear el compartimiento aislante que separaría el centro incandescente de la corteza exterior, fría y seca. Dicha disposición, lejos de ser un capricho, tenía como finalidad dotar a aquel mundo de un sistema de calefacción central con termostatos automáticos distribuidos a todo lo largo de la geografía. D&8$ no estaba dispuesto a que el absentismo de aquellos adoradores de la dolce vita diera al traste con sus planes iniciales. Ni corto ni perezoso designó una escuadrilla de macarr-ones para que fueran a secuestrar un par de billones de nadistas al churro galáctico. Ni que decir tiene que estos no opusieron la menor resistencia.

El planeta iba tomando forma bajo la mirada satisfecha de D&8$. Con celeridad, el Sumo Arquitecto fue dando órdenes pertinentes para la creación de las cortezas secas que flotarían suavemente sobre el núcleo. Sobre ellas hizo disponer una bonita superficie con paisajes y accidentes geográficos colmados de belleza. Las estructuras fueron rápidamente preparadas.

Lo más pintoresco vino unos días después. D&8$, Y4V3H y toda la plana mayor de capataces se reunieron para la creación colectiva de una estructura animada, único y definitivo morador de aquel paraíso sin igual que acababa de crear. D&8$ planteó inmediatamente la creación de un ser que respirase gas. Todos le miraron atónitos. La palabra respirar era, hasta aquel preciso instante, una auténtica intrusa en sus vocabularios. D&8$ se explicó pacientemente: lo que él deseaba era un ser que dependiera para su subsistencia de algún tipo de gas, elemento que por añadidura sólo pudiese encontrar en cantidades óptimas en el interior de la atmósfera de su mundo, de modo y forma que hubiera de conformarse con permanecer en la superficie del planeta, abandonando tentaciones peligrosas como la investigación, la curiosidad, la chafardería, la perspicacia y el conocimiento. Nadie osó poner pegas a los motivos que tuviera para tan drásticas medidas un protón de la exhuberancia de D&8$, pero más de uno pensó con interior sorna que lo que pretendía crear el Sumo Arquitecto no era un ser, sino un recluso totalmente idiota; un monigote mecánico sin un átomo de seso.

-De la misma manera que los neutr se nutren de nada -concluyó el Sumo Arquitecto, ajeno a todos estos sentimientos-, el ser que morará nuestro planeta lo hará de gas. No tratemos de dimensionar peligrosamente este asunto.

Con semejante explicación quedaba todo claro: los neutr-ones se nutrían de nada porque eran completamente idiotas.

Rápidamente se eligió el tipo de gas que el ser en cuestión debía respirar. Se decidió por unanimidad que el oxígeno era el más adecuado, pues resultaba casi imposible de hallar en grandes cantidades en el vacío. Por lo demás, su configuración atómica era sumamente sencilla. Bajo tales premisas, la atmósfera del planeta fue rápidamente oxigenada.

Sin embargo, la cuestión no resultó tan sencilla. Y4V3H, en medio de un silencio sepulcral, constató una contradicción que le parecía evidente. Un ser que asimilase el oxígeno transformaría éste con toda seguridad en otro tipo de sustancia volátil. Era necesario pues, crear un ciclo. Si disponía sobre la superficie un tipo de ser complementario, que asimilase a su vez esas sustancias volátiles y las reconvirtiera en oxígeno, el ciclo quedaba cerrado. La idea fue acogida por D&8$ con entusiasmo fingido, ya que no era amigo de que sus capataces le arrebataran el más mínimo protagonismo. En unas pocas horas, pues, la superficie del planeta quedó plagada de vegetales: patatas, sicómoros, almendros, algas, pinos, líquenes, secuoyas, sauces llorones, robles, rosales y hayas, adornándose todo ello con unos cuantos lagos, ríos y mares que se surtían automáticamente de unas nubes elegantemente distribuidas en el ciclo azul. La gran mayor parte de los mirones, que observaban detenidamente la evolución de las obras acodados en las vallas, consideró que todo aquello era completamente absurdo.

El viernes por la tarde los jefes de las cuadrillas presentaron ante la satisfecha mirada del Sumo Arquitecto el proyecto de ser respirador ensamblado en todas sus partes. D&8S calzó sobre sus protónicas narices sus gafas y lo observó detenidamente.

-Perfecto, perfecto -murmuró, a pesar de que tan sólo podía ver a tres prot-ones que formaban parte de la uña del dedo gordo del pie del ser. La estructura, concebida a escala planetaria con la intención de ajustarse a su imagen y semejanza, era gigantesca comparada consigo mismo. El Sumo Arquitecto era un prot-on más bien bajo y con cierta tendencia a engordar.

D&8$ mandó bajar cuidadosamente al ser a la superficie del Paraíso. Una vez allí la estructura debía ser insuflada de vida, para lo cuál el Sumo Arquitecto había ideado un ácido gracias a cuyas virtudes el ser dispondría de capacidad motriz y otras tantas habilidades como la autoreproducción y un modo muy elemental de conciencia de sí mismo.

En menos que canta un gallo, una ingente cantidad de ones se introdujo por las oquedades del ser, conformando por cuadrillas trenzados nucleicos que debían alojarse en puntos claves de las células. El Sumo Arquitecto, blandiendo su batuta de mando, gritó ¡acción! y el ser despertó, cegado por la intensa luz del sol.

El sábado por la noche D&8$ celebró con sus colaboradores el éxito de su empresa con un cóctel ciertamente ruidoso. Había sido complicado, pero finalmente aquélla magna obra había sido conducida a buen puerto. D&8$ saboreó la victoria y se regodeó en la envidia que de seguro causaría su labor en aquél lept engreído llamado D3M0N. Cuando salió del pub La Bounty, aquella madrugada del domingo, el Sumo Arquitecto estaba ebrio de vino y satisfacción.


El domingo, séptimo día después de haber comenzado las obras, el Sumo Arquitecto durmió profundamente. Sus placenteros ronquidos pudieron oírse hasta los confines de la Eternidad.



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