Introducción
Debía correr el mes de septiembre de 1976 cuando, imitando a un amigo, se me ocurrió la idea de comenzar a escribir. Escribía lo primero que se me pasaba por la cabeza en unas cuartillas que robaba del trabajo. Antes de irme a dormir desenfundaba mi vieja máquina de escribir y ensuciaba aquellos papeles con palabras.De ahí comenzaron a surgir lo que yo denominaría floraciones adolescentes que a duras penas intentaban traducirse al lenguaje literario. Eran sentimientos a flor de piel que desbordaban el papel con la intención vana de hacer poesía, o letras para canciones, o sencillamente imitar el estilo de algunos autores que yo consideraba underground. Las cuartillas duraron hasta el verano 1978, en el cual di por finalizada mi colección de prosa experimental. Terminado el papel, terminada la obra. De hecho, me tome unas merecidas vacaciones literarias, pues no volvería a retomar la actividad hasta el mes de diciembre de 1979.
En 1993, un día que estaba haciendo tareas de orden y limpieza, cayó en mis manos aquella colección ajada de cuartillas. Estaban comenzando a amarillear y decidí echarles un vistazo. Fue todo un descubrimiento observar como detrás de todo aquel caos y desorden existía una aplastante lógica sentimental. De modo que me impuse la disciplina de darles una cierta coherencia o, lo que es lo mismo, reescribirlos sin que por ello perdieran su esencia original. Se trataba tan sólo de corregir errores juveniles, eliminar tonterías inmundas y dotarlos de una consistencia que no tenían. Conseguí mi propósito de modernizar la colección de palabras, pero los folios mecanografiados se quedaron a su vez dentro de un archivador, en el interior de un armario.
El otro día volvió a suceder lo mismo. Sólo que esta vez lo que cayó en mis manos fue la revisión del 93. Convine conmigo mismo que había hecho un buen trabajo. De modo que lo digitalicé de inmediato.
Y es que las aventuras sentimentales de la adolescencia y juventud no pueden echarse a perder.
Barcelona, 20 de agosto de 2006



