Berenjena

En 1985 una amiga y yo subíamos por el carrer Urgell de Barcelona a lomos de una moto y tuvimos un accidente de lo más tonto. Concretamente, resbalamos sobre la pintura deslizante de las señales del suelo. Esa noche había llovido, con lo que la tragedia estaba escrita. Yo me rocé la oreja con la reja de una alcantarilla y acaricié el labio superior contra el canto de la acera. Mi amiga, que era quien conducía, tuvo mejor suerte porque fue rodando hasta el vestíbulo de "Muebles la Favorita" y allí se quedó con las caderas doloridas y el fémur en estado cataléptico, contemplando unos sofás desde una perspectiva muy underground. El casco no era obligatorio en aquella época, de modo que nuestras jetas sufrieron desperfectos varios que será mejor no relatar.

Una ambulancia nos trasladó al cabo de media hora hasta el hall de urgencias de Bellvitge. Unidos en la desolación, permanecimos aparcados en nuestras respectivas camillas esperando nuestra ración de puntos de sutura. Paradójicamente, una noche que debía acabar en un lecho suave y mullido, cerró el telón en un casto escenario de camillas de acero inoxidable debidamente distanciadas. Con los ojos semicegados por un mar de legañas de sangre cicatrizada ambos vimos pasar a otro paciente echado de dorso sobre una camilla conducida por un raudo celador que lucía en su rostro una sonrisa de oreja a oreja. Nos indignamos de que le colaran porque teníamos ganas de salir de aquel ambiente con olor a anestesia y desinfectante. A pesar de nuestras dificultades de visión, ambos pudimos contemplar una protuberancia que de forma clara y nítida sobresalía bajo la áspera y almidonada sábana que cubría al misterioso, y al parecer privilegiado, paciente. Las urgencias son eso mismo, urgencias, y al parecer aquel paciente tenía un problema muchísimo más grave que mi morro roto y el fémur dislocado de mi amiga. Cuando el celador eficiente salió por las puertas batientes del quirófano se encontró con un compañero y, en medio de carcajadas, oímos claramente como le decía: "Se ha metido una berenjena por el culo y no se la puede sacar".

Nos quedamos ambos triturados, más doloridos que nunca, meditando acerca de la utilidad sexual de las hortalizas. Pero eso duró sólo un segundo. Mi amiga, haciendo alarde de un humor ciertamente sádico, soltó de repente un chiste antológico:

-Es "El Virginiano".

Para quienes no entiendan el catalán, aclarar que 'berenjena' en catalán se dice 'albergínia'. Ambos recordamos de repente un serial-western patético que daban por la tele cuando éramos pequeños, cuyo título era "El Virginiano". Y de repente el aparcamiento de las camillas se convirtió en un concierto de risas. El Virginiano se mete una berenjena por el ano. Los dos celadores nos miraron como si tuviéramos delirium tremens. Pero no: la coyuntura de los buenos chistes no tiene precio. Nos estuvimos partiendo el pecho incluso mientras nos cosían los descosidos.

Hoy me he enterado de que un viejales que trabaja de ginecólogo en un ambulatorio de Montcada i Reixac (Barcelona) ha sido multado con 200 euros por aconsejarle sarcásticamente a una paciente que se meta una berenjena. Por un momento, me he preguntado si no se tratará del mismo individuo.